I

He llegado muy tarde. Es de noche, hace frío y aún por encima se me aparecen los fantasmas de mis anteriores visitas a este lugar. Aprovechan q esta vez estoy sólo y deciden asomarse a favor del viento norte y del sonido del mar. Hay bastantes fantasmas, incluso reconozco una versión de mi mismo mucho más joven que feliz. Me hablan y me reprochan no se qué sueños y promesas incumplidas. Al rato comienzan a discutir entre ellos y aprovecho para irme y buscar un hueco entre las rocas donde vivaquear. Es tarde y sólo quiero hundirme en este sonido.

II

-Do you have a cup of tea?
Me despiertan unos espíritus que se presentan como los tres marineros que sobrevivieron al naufragio del Serpent en 1890. En una noche de noviembre el buque topó con la Punta do Boi y murieron 173 tripulantes. Les pregunto por el resto de los fantasmas y me dicen que ni idea, han venido a pasar unos días y recordar aquellos tiempos en los que tras el naufragio vivieron con el párroco de Xaviña. Nos acercamos al Cementerio de los Ingleses y saco el hornillo para preparar un te con canela. Desaparecen indignadísimos.

 III

Me siento un momento a la sombra de una roca. Se acerca un hombre por el acantilado, descalzo, arrastrando una cuerda y vestido con un traje negro sin camisa. El hombre es tan delgado que parece que el traje está a punto de descolgarse. Lo reconozco al instante a pesar de que la última vez que lo vi solo llevaba puesto su taparrabos habitual. Es Man, Manfred, el alemán de Camelle que llegó a este pueblo en 1962 y según dicen se enamoró perdidamente de una maestra que sabia algo de inglés pero poco de amor, y aquí se quedó a vivir entre sus esculturas y los dibujos que le hacía la gente q venía a pensar en otras vidas al ver su aspecto de asceta.
—¿Ha visto usted a la muerte por aquí -me pregunta
Le contesto que no; omito el tema de los espíritus, por sí acaso.
Tras un silencio le digo que si no es indiscreción como es que esta buscando a la parca si ya lleva muerto algún tiempo.
Me mira de reojo con cierta preocupación.
—¿Sabe usted cuanto?
—Desde lo del Prestige. —le contesto.
—Si, claro. Yo morí con el Prestige.
—Me deja la cuerda, la arrastro un rato, pero se enreda con la mía y la dejo.

IV

Camino por la orilla de la playa de Traba. Una sirena surge del agua y me pregunta:
—¿podrías enseñarme a hacer surf?
Yo me quedo totalmente consternado, por dos razones por lo menos: una, el tema de las piernas y la tabla y, dos, es que no tengo ni idea de surf.
La miro con un cierto aire de profesionalidad y le digo:
—Mal asunto, no hay olas.
Ella mira la superficie del agua y suspira.
—¿Por qué será que siempre queremos más aquello que no podemos tener?
Yo no acierto a decir nada aunque lo pienso, y opto por suspirar también. Ella ni se inmuta.
— Otro día será, ¿verdad? —Y desaparece bajo el agua.
Yo me alejo de la orilla y me juro por dios que de este año no pasa.

V

Al amanecer me encuentro con un hombre con un aspecto peculiar que parece estar pescando y le pregunto si le puedo hacer una foto. Me dice que si con una sonrisa un tanto sospechosa. Al revisar la foto, no aparece nadie.
—Es usted un aparecido?
—Si, aunque yo prefiero el término post-vivo. Le quita ciertas connotaciones literarias.
Dudo entre preguntarle su nombre o si largarme ya mismo.
—Ya que lo está pensando, le diré que mi nombre es Don Pedro Froylaz, conde de Trave y Trastevere, un alto dignatario del aclamado Reino de Galicia. Mi linaje tiene su origen aquí, en Traba allá por el año mil. Y usted, ¿también es de alta alcurnia?
—Si. —le contesto sin pensar.— Soy el Conde De Montecristo. —Me arrepiento enseguida, pero ya es tarde.
—Bonito nombre. Le diré que goberné en todo un reino y ahora me veo rebajado a dirigir un pueblo de leyenda que se encuentra bajo la Lagoa de Traba. En confianza le diré que la humedad y los ingleses del Serpent me tienen desquiciado. Hoy me he tomado el día libre.
— ¿Y pican?
— Espero que no, no tengo ni anzuelo. Y si me disculpa, tengo que dejarle que he quedado con una sirena para enseñarle a practicar equitación sobre las olas.
—¡Pero si hoy no hay olas!— Es lo único q atino a decir.
—Por eso mismo ¿Usted de verdad piensa que yo podría hacer eso?
Me voy y sigo haciendo fotos aunque ya se me ha pasado el amanecer y las ganas.

VI

Al atardecer me acerco a la playa de Balarés y un hombre uniformado y con acento alemán me da el alto.
—¿Traes el cargamento de wolfram?
Me disculpo como puedo y le digo que el único cargamento que llevo está en la mochila y que de poco le va a servir en las actuales circunstancias.
El uniformado suspira aliviado.
—Llevamos esperando más de 70 años a que llegue el wolfram y no podemos zarpar hasta qué tengamos el cargamento. Órdenes son órdenes.
Le informo de que esa guerra terminó ya hace muchos años. Que pueden irse cuando quieran.
—En realidad ya nadie quiere volver. Nos gusta este lugar y aunque la guerra haya terminado, otra vendrá en otro lugar. Es siempre lo mismo.
Nos quedamos callados mientras la luz va retirándose del muelle, la playa y el pinar.
El paraíso debe ser algo como esto.

VII

Esta mañana me he despertado tarde y, revisar el trabajo del día anterior, observo con sorpresa que hay fotos del amanecer que no recuerdo haber hecho.
Esto me hace pensar que quizá me esté convirtiendo yo también en un fantasma y que mi otro yo anda por ahí dando un paseo, o quizá ni siquiera haya venido y esté en la montaña, o en la playa tumbado al sol, o lo que sea. Puede que haya tomado otras decisiones o dicho otras palabras y yo ni sea yo y sólo sea otro fantasma más en uno de muchos posibles días.
Sea como fuere, fantasma o no, agradezco que me haya dejado un poco de café.

VIII

El anticiclón llega a su fin y, con él, mi viaje. Con esta borrasca le doy la espalda a esta costa que me ha permitido conversar con sus espíritus, caminar por los arenales, trepar sus acantilados y dormir al cobijo de sus estrella con ese sonido interminable del mar. Y me doy cuenta de que ya no soy el mismo. Me siento como más ligero y no sólo por el desgaste físico. Sospecho que alguno de los fantasmas que traía conmigo se ha quedado a vivir aquí entre las olas, los acantilados imposibles y las playas sin fin.

 

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