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Conocí a una mujer que transformaba la realidad haciéndole fotografías. Había decidido que el universo era demasiado caótico y que era necesario imponer algún tipo de orden en la existencia cotidiana. Así que cada vez que encontraba algo o alguien que quería que formase parte de su vida, le hacía una fotografía con su teléfono y añadía una pieza más a su mundo particular.

Con el tiempo se hizo con una buena variedad de filtros que aplicaba a sus imágenes según las sensaciones que los motivos le provocaban.  Si se cruzaba con alguien a quien incluir en su círculo de amistades, aplicaba un filtro que transformaba la fotografía en algo luminoso, con colores cálidos y un cierto difuminado. Si ocurría que, con el tiempo, le defraudaba, volvía a procesar la imagen, normalmente en blanco y negro, con predominio de tonos oscuros y en clave baja. De esta manera, imagen a imagen y filtro a filtro iba ajustando y adaptando su mundo hasta el más mínimo detalle. Todo lo que quedaba fuera de su archivo de fotografías simplemente no existía.

La última vez que me la encontré estaba sentada en una silla plegable en la calle, con las manos sobre sus rodillas y con una expresión ausente. Había colocado un cartel a sus pies que rezaba “Una fotografía, por caridad” y debajo del texto había escrito un número de móvil. No me reconoció; se excusó diciéndome que hacía unos días que había extraviado su teléfono por lo que se había quedado sin memoria.  Ahora vivía de la caridad, mendigando experiencias de otros a través de sus fotografías que, una vez descargadas a su nuevo terminal, hacía suyas. Saqué mi teléfono y le envié la última foto acababa de hacer de la tapa de tortilla que me habían servido con la caña. Me lo agradeció mucho; no se puede vivir solo de recuerdos.

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