Embalse de Salime

El crepúsculo  me alcanza por las sombras mientras fotografío lo que queda en pie del pueblo de Barcela, ruinas inundadas que en estos días emergen en el embalse de Salime. Me quedo hipnotizado ante estos muros que todavía siguen en pie tras más de cincuenta años de ahogamiento premeditado. El silencio que decora este lugar me transporta a despedidas y desubicaciones, a destierros forzados por el bien mayor de la producción eléctrica.
Un leve sonido me saca de mi ensoñación y, en la penumbra, distingo una figura oscura que se mueve con ligereza sobre el barro que habita el suelo entre las casas. La aparición es una proyección de las propias piedras y del lodo, alta sombra de tierra con vida que parece acariciar las piedras. La curiosidad se impone al miedo y me aproximo,  sabiendo que intentar fotografiarlo sería un esfuerzo fútil.
La aparición me habla con una voz que es mezcla de sonido y de imagen, de memoria y de magia ancestral escondida bajo esta tierra.  Me explica que es un mouro, constructor de castros, túmulos, rocas y cuevas. Percibe mi perplejidad y me muestra un mundo enterrado, un laberinto de galerías, túneles y minas, residencia atávica de estos seres tan viejos como las montañas de esta Galicia nuestra.
Me habla de su labor aquí, interminable recuento de las piedras de cada una de las casas sumergidas de este pueblo abandonado ya hace tanto tiempo. Me dice que, en la noche, visita cada uno de las construcciones que aún se mantienen en pie y que se pasea por sus estancias, revisa sus grietas y consuela con viejos versos la soledad que inunda este lugar. A  pesar de que sus habitantes se han ido, una parte de su memoria ha quedado aquí, sosteniendo estos muros anclados a la tierra.
Con un leve sonido, se crea un nuevo silencio y el mouro desaparece.
Me alejo, consciente de que una parte de mí se quedará aquí para siempre.
A morriña.

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