Fuco-Reyes-Negueira

 

No comprendo porque la mochila me pesa tanto sino llevo nada. Así que me detengo al salir de Negueira y la abro. De su interior  surge un tipo enjuto, feo,  con una barba no muy alejada del suelo y vestido con una sotana negra. Lo más llamativo, los cuernos, lo que me hace sospechar una procedencia mítica y/o alucinatoria.

Me explica que es un Trasno y que lleva ya una temporada enganchado a mí  por eso de conocer mundo. Ahora entiendo porque últimamente no doy encontrado nada y los ruidos extraños que escucho cada soche sobre las tres y que achacaba a ciertos instintos mal dirigidos del vecino de abajo. También se explican los azotes de tipo sobrenatural  que recibía en el trasero desde hace una temporada  y que pensaba que eran curiosas somatizaciones  de un trastorno distímico.

Hace ademán de meterse de nuevo en la mochila y le  digo que no, que muchas gracias por los azotes pero que va a tener que irse a vivir a otro lado.  Me mira con cierta sorna y me dice que la llevo clara, que a pesar de que soy un poco peculiar, se lo pasa a las mil maravillas con mis cosas, que mucho mejor que el facebook, donde va a parar.

Estoy a punto de decir alguna cosa inútil pero recuerdo algo que vi en la tele. Meto la mano en el bolsillo y, al sacarla, tiro al suelo un puñado de pipas que ya estaban un poco rancias. El Trasno,  lanza un grito mezcla de furia y satisfacción y se pone a contar las pipas con un afán digno de un trastorno obsesivo compulsivo.

—Uno, dos tres, cuatro, cinco…  ¿Qué sigue? Tengo que empezar de nuevo. Uno, dos, tres, cuatro…

Recojo la mochila y me alejo con la incómoda sensación de que esa escena me resulta demasiado familiar.

 

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