fuco-reyes_la-prueba

Mi cabeza se ha vuelto invisible. Sucedió esta mañana mientras me cepillaba los dientes. Mis encías y el resto de células conectadas hasta el cuello desaparecieron sin más. Tras la confusión inicial con el cepillo, comencé a sospechar si sería a raíz de algún efecto adverso de la nueva pastilla que acababa de ingerir tras el desayuno. Al revisar los efectos secundarios en el prospecto comprobé que “la pérdida de peso” no encajaba del todo con lo que me estaba sucediendo.

Y no era solo cosa mía. Era evidente que mis conocidos notaban algo extraño. Dirigían sus ojos hacia donde debería estar mi cabeza, pero la atravesaban con la mirada, como observando algo que sucedía a mi espalda.

La solución a la invisibilidad surgió cuando sonó el teléfono. Mientras acercaba el terminal hasta donde calculaba que estaba mi oreja, me vino la idea sin más.  Así que estiré y levanté el brazo, activé la aplicación de la cámara frontal, y me hice un selfi.

Ahí estoy atrapado en los píxeles, prueba irrefutable de mi lugar en el mundo. Cada vez que me aborda la ansiedad por esto de la identidad, le echo un vistazo a mi selfi, y todo vuelve a estar su sitio. Mis conocidos me agradecen que coloque el teléfono sobre mis hombros cuando nos encontramos. Ahora me miran con mucho más interés.

 

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