11

Estoy detenido ante la puerta de una sala de exposiciones.

Hace unos momentos caminaba con la idea de llegar a un destino que ya no recuerdo, con la prisa de quien lleva algo importante que hacer en la cabeza pero no sabe exactamente qué. Ahora, a pesar de mi urgencia imaginaria, ya no camino, así que decido entrar y poner un nuevo rumbo a mis prisas cotidianas.

Es una exposición de fotografías. No conozco al autor, lo cual me alegra: nada de expectativas ni prejuicios. Me gustan estas fotografías. Lo decido nada más ver la primera. Tienen algo de misterio, de un pensamiento inacabado en blanco y negro, de una cierta complicidad… nada obvio ni nada forzado. Ahora solamente tengo que disfrutar de lo que veo. Estas imágenes atrapan mi ánimo con facilidad. Absorben mi mirada sin ninguna intención aparente, como una invitación a dejarme llevar y una promesa oculta e inquietante.

Estoy delante ya de la última obra. Cierro los párpados antes de enfrentarme a ella porque me invade una leve premonición que me roza las tripas. Abro los ojos y solo veo un espacio negro, una imagen velada por la propia luz. Un clic en mis oídos, y ahora sí, aparece una imagen.

El espacio delimitado por el marco muestra una sala de exposiciones: ésta en la que me encuentro. Hay alguien en primer plano que me mira con perplejidad . Me reconozco al instante en esa fotografía que funciona como un espejo. Doy un paso hacia atrás para desligarme del engaño del reflejo, pero todo sigue detenido en la foto. Me giro y me alejo con rapidez impulsado por un golpe de zoom. Llego a la puerta y salgo a la calle. Retomo mis prisas con alivio. Mientras camino, cierro los ojos y vuelvo a ver la sala que mostraba la fotografía, ahora vacía. Cuando los abro, veo de nuevo la calle mojada ante mí, ahora en blanco y negro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *