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Asomo la nariz entre la multitud que rodea la plaza de San Fernando en Tui. Son las doce de la mañana y se está celebrando el Sermón del Encuentro, que forma parte de la Procesión de los Pasos de Semana Santa. Desde aquí puedo ver un pequeño enjambre de fotógrafos que se desplazan inquietos por toda la plaza mientras capturan la representación, las imágenes que esperan a ser alzadas, las autoridades ya un poco impacientes, los romanos en formación, los voluntarios de Protección Civil con ese orgullo tan merecido, los miembros de la Hermandad que esperan llevar en andas los pasos, la inquieta banda municipal que aguarda el inicio de la procesión con sordina, un grupo de militares de diferentes cuerpos que parecen ubicados allí por algún tipo de experimento social… Reconozco que hay algo hipnótico en este escenario que me atrapa, que me obliga a mirar un poco más allá de esta primera composición de lugar.

En una esquina descubro a  cuatro pequeñas figuras a quienes confundo inicialmente con una primera comunión. Algo resuena dentro de mí, quizá la curiosidad, y ya estoy atrapado sin remedio. Me acerco al grupo con cuidado, intentando pasar desapercibido entre espectadores y protagonistas, aunque es un esfuerzo vano porque lo cierto es que en este lugar yo no existo.

Me coloco justo detrás de ellas, pegado a un muro de piedra. Saco la cámara de la bolsa y la preparo sin pensarlo demasiado. Encuadro a través del visor evitando a uno de los fotógrafos que ha establecido su punto de observación justo delante del grupo. Me muevo un poco a la izquierda y la composición queda más limpia, funciona. Comienzo a hacer fotos y espero a que algo ocurra. Una de las niñas parece leerme el pensamiento  y se vuelve… Ahora veo que lleva una especie de antifaz totalmente inesperado. Contengo la respiración y coloco enfoque sobre el rostro y hago otra fotografía, la justa que marca el tiempo para que se gire de nuevo.

A mi lado percibo una presencia que reclama mi atención. Una mujer de negro, descalza, que observa a las niñas con responsabilidad y me mira como cuestionándome si merezco estar en este lugar. Me acerco a ella y le pregunto en un susurro qué es lo que representan las niñas.

—Fe, Esperanza y Caridad —me dice casi en un silencio.

—Están muy guapas —le digo muy serio.

Ella asiente satisfecha, me mira con aprobación y se acerca al grupo. —Niñas, daos la vuelta para que os vea este señor.

Las niñas se giran obedientes y posan;  les hago varias fotos conteniendo la respiración, sin dar crédito a mi suerte. La mujer les indica que ya es suficiente y todo termina en unos segundos. Luego se alejan hacia el centro de la plaza, preparadas para la procesión.

Me quedo unos segundos todavía paralizado, atrapado por la magia de lo que acaba de suceder.

 

 

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