Oporto y la memoria

Pierdo un recuerdo. Está en la punta de la lengua y salta al olvido.

Camino, camino, camino… cada paso late. Una pisada, un latido. Me detengo, un silencio. Un paso, un latido.

Miro de reojo, la luz diagonal atraviesa la memoria. Sé que está ahí, casi puedo olerlo, tocarlo con la punta de algún dedo…. Se escurre y reclamo la oscuridad para atraparlo.

Abro los ojos, tomo una fotografía, miro el tiempo.

 

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Pongo esta canción justo después de saber que ya no estás, e intento averiguar qué diferencia marca tu muerte en lo que escucho, querido Cohen. Estos versos me conmueven igual que otras veces, que no muchas, porque no quiero que la familiaridad me habitúe al misterio. Tu música me obliga a detenerme, a salir de este lunes de calendario y entonces me agarra por las sienes para hacerme sentir de frente estos tiempos que se diluyen a cada segundo.  Vuelvo a otros momentos en esta vida, instantes que se convierten en un ahora y que han escrito a cincel y me acaban llevando a un río, quizá por Suzane, o quizá no.

Simulo que no hay diferencia en lo que oigo sabiendo que ya no estás, pero puede que me esté precipitando en una especie de expiación por el tiempo perdido. Me doy cuenta de que tu ausencia me obliga a enfrentarme a mis sueños que no quise cumplir con excusas de supermercado. Te confieso que tus canciones siempre me han hablado más de mí que de ti, posiblemente por una sordera selectiva al tedio. Y así, presumo amargura por lo que no vendrá y un cierto eco de vacío al pensar que esa voz ha perdido a su referente.

Tu ausencia confirmada es también un anuncio de la mía. Admiro ese coraje de sentirte preparado para un último aliento, y es entonces cuando me espanto un poco al saber que me quedan muchas realidades por asumir y poder admitir un atisbo de este posible final o principio de algo. Ahí es donde se produce el temblor, en la revelación de que nos soñamos como si fuéramos a vivir siempre, y los hilos suelen cortarse mucho antes de lo que esperamos.

Es entonces cuando nos lleva de la mano al río para tomar naranjas y té.

She sends her regards.

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Conocí a una mujer que transformaba la realidad haciéndole fotografías. Había decidido que el universo era demasiado caótico y que era necesario imponer algún tipo de orden en la existencia cotidiana. Así que cada vez que encontraba algo o alguien que quería que formase parte de su vida, le hacía una fotografía con su teléfono y añadía una pieza más a su mundo particular.

Con el tiempo se hizo con una buena variedad de filtros que aplicaba a sus imágenes según las sensaciones que los motivos le provocaban.  Si se cruzaba con alguien a quien incluir en su círculo de amistades, aplicaba un filtro que transformaba la fotografía en algo luminoso, con colores cálidos y un cierto difuminado. Si ocurría que, con el tiempo, le defraudaba, volvía a procesar la imagen, normalmente en blanco y negro, con predominio de tonos oscuros y en clave baja. De esta manera, imagen a imagen y filtro a filtro iba ajustando y adaptando su mundo hasta el más mínimo detalle. Todo lo que quedaba fuera de su archivo de fotografías simplemente no existía.

La última vez que me la encontré estaba sentada en una silla plegable en la calle, con las manos sobre sus rodillas y con una expresión ausente. Había colocado un cartel a sus pies que rezaba “Una fotografía, por caridad” y debajo del texto había escrito un número de móvil. No me reconoció; se excusó diciéndome que hacía unos días que había extraviado su teléfono por lo que se había quedado sin memoria.  Ahora vivía de la caridad, mendigando experiencias de otros a través de sus fotografías que, una vez descargadas a su nuevo terminal, hacía suyas. Saqué mi teléfono y le envié la última foto acababa de hacer de la tapa de tortilla que me habían servido con la caña. Me lo agradeció mucho; no se puede vivir solo de recuerdos.

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Mi cabeza se ha vuelto invisible. Sucedió esta mañana mientras me cepillaba los dientes. Mis encías y el resto de células conectadas hasta el cuello desaparecieron sin más. Tras la confusión inicial con el cepillo, comencé a sospechar si sería a raíz de algún efecto adverso de la nueva pastilla que acababa de ingerir tras el desayuno. Al revisar los efectos secundarios en el prospecto comprobé que “la pérdida de peso” no encajaba del todo con lo que me estaba sucediendo.

Y no era solo cosa mía. Era evidente que mis conocidos notaban algo extraño. Dirigían sus ojos hacia donde debería estar mi cabeza, pero la atravesaban con la mirada, como observando algo que sucedía a mi espalda.

La solución a la invisibilidad surgió cuando sonó el teléfono. Mientras acercaba el terminal hasta donde calculaba que estaba mi oreja, me vino la idea sin más.  Así que estiré y levanté el brazo, activé la aplicación de la cámara frontal, y me hice un selfi.

Ahí estoy atrapado en los píxeles, prueba irrefutable de mi lugar en el mundo. Cada vez que me aborda la ansiedad por esto de la identidad, le echo un vistazo a mi selfi, y todo vuelve a estar su sitio. Mis conocidos me agradecen que coloque el teléfono sobre mis hombros cuando nos encontramos. Ahora me miran con mucho más interés.

 

Querido Julio:

Finalmente hemos tomado la casa. Ha sido una labor de tiempo, el necesario para ir ocupando los espacios que sus habitantes han ido cediendo; primero en un despiste y, finalmente, en una última ausencia.

Hemos tomado la casa. Ya podemos hablar en alto y dejar los susurros que iban arañando la pintura de las paredes hasta llegar a las entrañas de cemento y ladrillo que la sostienen. Podemos gritarlo bien fuerte, pero no nos dan las ganas porque nosotros ya nos hemos vuelto sordos a nuestras voces, y no queda nadie más para escuchar las sillas volcadas y los suspiros que ensayábamos desde el interior del espejo del baño.

Hemos ido apropiándonos de puertas y paredes a través de las marcas que nos mostraste cómo hacer, esas en las que se graban los recuerdos. Ahora que está tomada la casa, las leemos con avidez, en este lenguaje que hemos inventado de surcos, desconchados, mohos y humedades. Si nos acercamos lo suficiente, somos capaces de traspasar el tiempo y volver al día en que empezó todo, el inicio del mundo en esta casa tomada.

Querido Julio, hemos tomado la casa y ahora ya no sabemos cómo salir. Miramos a través de la ventana que nos revela que el mundo sigue saltando a la comba segundo a segundo. Lo vemos pasar en este viaje en el que lo que cambia está al otro lado de la puerta. Y nosotros, con la casa tomada, no hacemos sino diluirnos entre las sombras de la escalera.

Querido Julio: hemos tomado la casa y ahora es ella quien nos ocupa.

Sin otro particular,

Cocó

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