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Mi cabeza se ha vuelto invisible. Sucedió esta mañana mientras me cepillaba los dientes. Mis encías y el resto de células conectadas hasta el cuello desaparecieron sin más. Tras la confusión inicial con el cepillo, comencé a sospechar si sería a raíz de algún efecto adverso de la nueva pastilla que acababa de ingerir tras el desayuno. Al revisar los efectos secundarios en el prospecto comprobé que “la pérdida de peso” no encajaba del todo con lo que me estaba sucediendo.

Y no era solo cosa mía. Era evidente que mis conocidos notaban algo extraño. Dirigían sus ojos hacia donde debería estar mi cabeza, pero la atravesaban con la mirada, como observando algo que sucedía a mi espalda.

La solución a la invisibilidad surgió cuando sonó el teléfono. Mientras acercaba el terminal hasta donde calculaba que estaba mi oreja, me vino la idea sin más.  Así que estiré y levanté el brazo, activé la aplicación de la cámara frontal, y me hice un selfi.

Ahí estoy atrapado en los píxeles, prueba irrefutable de mi lugar en el mundo. Cada vez que me aborda la ansiedad por esto de la identidad, le echo un vistazo a mi selfi, y todo vuelve a estar su sitio. Mis conocidos me agradecen que coloque el teléfono sobre mis hombros cuando nos encontramos. Ahora me miran con mucho más interés.

 

Querido Julio:

Finalmente hemos tomado la casa. Ha sido una labor de tiempo, el necesario para ir ocupando los espacios que sus habitantes han ido cediendo; primero en un despiste y, finalmente, en una última ausencia.

Hemos tomado la casa. Ya podemos hablar en alto y dejar los susurros que iban arañando la pintura de las paredes hasta llegar a las entrañas de cemento y ladrillo que la sostienen. Podemos gritarlo bien fuerte, pero no nos dan las ganas porque nosotros ya nos hemos vuelto sordos a nuestras voces, y no queda nadie más para escuchar las sillas volcadas y los suspiros que ensayábamos desde el interior del espejo del baño.

Hemos ido apropiándonos de puertas y paredes a través de las marcas que nos mostraste cómo hacer, esas en las que se graban los recuerdos. Ahora que está tomada la casa, las leemos con avidez, en este lenguaje que hemos inventado de surcos, desconchados, mohos y humedades. Si nos acercamos lo suficiente, somos capaces de traspasar el tiempo y volver al día en que empezó todo, el inicio del mundo en esta casa tomada.

Querido Julio, hemos tomado la casa y ahora ya no sabemos cómo salir. Miramos a través de la ventana que nos revela que el mundo sigue saltando a la comba segundo a segundo. Lo vemos pasar en este viaje en el que lo que cambia está al otro lado de la puerta. Y nosotros, con la casa tomada, no hacemos sino diluirnos entre las sombras de la escalera.

Querido Julio: hemos tomado la casa y ahora es ella quien nos ocupa.

Sin otro particular,

Cocó

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