blog_Fuco Reyes-1-3Este hombre asoma por la puerta y me pregunta si puedo hacerle un retrato. Claro, eso es lo que hago, retratos. Me dice que necesita un buen retrato, algo que sea la culminación de una vida, como el final inolvidable que justifique la lectura de una novela. Yo le digo que no hay problema, que la dignidad del retrato no radica tanto en la habilidad del fotógrafo como en la presencia del retratado. Y este hombre tiene presencia. Una que ya dura noventa años.

Parece convencido con mi respuesta y deposita un voluminoso álbum sobre la mesa. ¿Y eso?, le pregunto. Es parte de mi vida, me dice.  Mis álbumes recogen las fotografías que muestran lo que ha sido toda mi existencia; desde mi nacimiento hasta este momento. Tres mil fotografías de a una centésima de segundo. Ahora solo me falta una, me dice. ¿El retrato?, le pregunto. El retrato.

Me explica que, cada vez que revisa las fotografías de su vida,  hace que su nacimiento, su primer año, su primer paso, su primera caída, su primera sonrisa,  aquella mañana de colegio,  su primer amor… todas esas imágenes ocurran en el instante en que las mira, en ese presente, como si nunca antes hubieran sucedido.  Me revela  que ya no le importa si su experiencia es real  o no, porque cada vez que contempla una de esas fotos, reconstruye su propia vida y crea nuevos recuerdos; seguramente muy distintos que los que tendría si su memoria fuera una copia exacta de su biografía.

Le pregunto por qué este retrato. Me dice que necesita cerrar un capítulo,  y que quiere hacerlo ahora que todavía siente quién es. Quiere legar este registro de su historia para vivirla de nuevo. ¿Vivir de nuevo?, le pregunto.  Cada vez que un desconocido vea estas  fotografías inventará un nuevo relato, atribuirá nuevos significados a cada imagen, tendrá nuevos deseos, nuevos miedos, nuevos misterios. ¿Y las fotografías que no están? Lo que no se ve es tan importante  y tan presente como lo registrado: el llanto por la inocencia perdida, el dolor de la ruptura, el primero de los fracasos, la decepción, aquella pérdida inmensa… todos aquellos momentos que nunca pensaríamos en registrar pero que podemos encontrar  indefectibles  en el anverso de cada fotografía.

En este silencio que sigue a lo que me acaba de contar sigo pensando en este hombre que tengo encuadrado en el visor y que ahora se me hace tan familiar. Estoy a punto de accionar el disparador y crear así una nueva versión suya y, justo en este instante, me doy cuenta de que esto ya lo he vivido, con la diferencia de que entonces era yo el retratado.

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